Desde el primer momento en que la vió se dio cuenta de que moriría.
Desde que ella entró, paso al lado de los cuatro chicos que jugaban al quinito, bajo el escalón y se dirigió a la barra sonriendo amenazadoramente al camarero, él supo que moriría. Se fijo en uno de los chicos de la entrada, que tambien la estaba mirando, y bajo la cabeza. Un codazo de uno de sus compañeros le hizo girarse. “Te toca tirar, empanao”. Tiro, y los dados y el cubilete rebotando en la mesa sonaban como una bomba en un osario. Miro a sus compañeros, e intento articular palabra. Pero tenía la boca seca. Bebió rapidamente, del tiron, el tubo de cerveza que tenía delante de las narices. Se dio cuenta de que le dolía el cuello. Pero no quería volverse a mirar.
Mientras escuchaba a sus amigos reirse, hablar de que tal o cual amigo estaba un poco tonto ultimamente, y de lo buena que estaba una amiga, él miraba formas. Miraba la forma circular de la mesa, el cuadrado que formaba la foto de enfrente, las siluetas recortadas en el humo del las dos chicas que bebian enfrente. Podia ver hasta las notas acorchadas que salian de los altavoces y se enrrollaban en las patas de los taburetes.
Cuando decidió levantarse.
Se coloco la camiseta, y pasó las manos por la cara. Dió dos pasos, mirando de reojo, y se encaminó hacia el baño. Vió al camarero yendo y viniendo, y poniendo jarras de calimocho a chicos con camisetas negras y muñequeras de pinchos. Vió dardos volando, y a una chica con un jersey de rayas a la que se la veia parte del sujetador rojo. Pero no la vió a ella.
Se metio en el baño. Y cuando se encontro con su cara frente al espejo, volvió a notar los pies. Se puso frente a la baza, y mientras orinaba empezó a pensar que quizas habia sido culpa de la cerveza. Demasiada cerveza, sí. Acabó, y mientras se lavaba las manós, levanto la cabeza. Extrañado, se seco las manos, y abrió la puerta del baño.
Y no había nadie.
El bar estaba completamente vacío. Miró a un lado, a otro. Nadie. La musica había parado, pero el humo seguía en el ambiente, y pegandose a la ropa. No estaba el camarero, ni sus amigos, ni todos aquellos que momentos antes reían, y gritaban y cantaban. Pero sentada en la barra estaba ella. Mirandole fijamente a los ojos. Morena. Deslumbrante. Con una sonrisa en la cara. Atractiva.
Él se acerco, asustado. “Pero…. ¿que ha pasado?… ¿Donde está todo el mundo?”. La chica bajó de la barra, y ladeando la cabeza, dijo: “No hay nadie. Pero no me mires así. Yo no he sido”. El chico confundido se sentó en un taburete, mientras ella se colocaba a su lado. “Es una broma, ¿verdad?…”. “No, no es una broma. Es un deseo”.
“Tu deseo”.
“Y se ha cumplido”. Dijo ella.
“Pero…. yo no deseé nada de esto. No quise que todo el mundo desapareciera” dijo el, mientras notaba que sus brazos se hacían mas pesados. Y su lengua mas grande. Y sus ojos mas abiertos. “Si que lo deseaste, pero no te diste cuenta… aquí nos tienes a los dos. Solos en el mundo”. Ella se giró, y se puso detrás de el. “Deseaste mas cosas…”, dijo ella mientras introducia las manos por debajo de la camiseta. Él se dio la vuelta, y mirandola a los ojos, la besó.
………
Cuando los volvió a abrir, su madre dió un salto desde el sofa que tenía enfrente, y llorando lo abrazó. Sus dos amigos suspiraron aliviados en la puerta, y llamaron al doctor. El los miró y preguntó que habia pasado. Sus amigos le dijeron que se había desplomado en la mesa, mientras jugaba con ellos. Su madre no hacía mas que sollozar. El se quedó pensativo, mientras el medico le explicaba por qué se habia desmayado.
Pero lo que no acertaba nadie a explicar era la quemadura de sus labios. Y él no lo dijo nunca.
Pero siempre se quedó con su sabor en la boca.
El sabor de los que se enamoran del Diablo.